Atardecer

La veía pasar a diario en su bicicleta, la cabellera recogida en un chongo mal hecho y la vista siempre al frente; pasaba diario, unos segundos apenas, sin saber que yo la miraba intrigado.

Siempre a la misma hora detenía el trabajo, y me sentaba a esperar que pasara en el quicio de mi negocio, una vez que la veía, volvía feliz a atender a le gente que visitaba la papelería; pero cuando por algún motivo transitaba sin que yo la advirtiera, me pasaba el día inquieto, amargado y malhumorado.

Un día, desee muy fuerte que se detuviera, desee que al pasar, se le ofreciera un lápiz o un cuaderno, una triste goma que me diera oportunidad de escuchar su voz, pero pasó mucho tiempo sin que mis súplicas fueran escuchadas.

Entonces, justo cuando  me resignaba a sentarme a verla pasar sin merecer hablarle nunca, sucedió, pedaleaba a la misma velocidad que siempre, pero esta vez me miró, bajó la velocidad y se detuvo en la banqueta, estacionó su bicicleta y se aproximó hacia a mí.

“Pintura plástica azul” pidió, sin saludar siquiera, sus ojos claros me miraban duramente, como si estuviera a punto de reclamarme algo, yo me levanté torpemente, porque no comprendí de inmediato que la orden era para mí, entré por la puertita del mostrador y busqué en los exhibidores un frasquito de pintura que le conviniera, tardé un poco, porque traté de escoger el menos maltratado, ella comenzó a pasearse mirando las vitrinas, acercándose a observar con curiosidad en ellos. Y yo la miré, la observé con toda la tranquilidad de la que no había podido disfrutar antes, al final ella me miró y sonrió.

“El tono de azul exacto” dijo, yo sonreí, “Ya sé que te gusto”, y mi corazón empezó a palpitar frenéticamente, “Te he visto desde hace varios meses esperar a que pase, y no me había atrevido a venir” dijo mirando a la pintura y a mi alternadamente, “Tu también me gustas”, sonrió, dejó el frasquito sobre el aparador, se dio la media vuelta y se fue. Yo me quedé sorprendido, pegado al piso, sin atinar a moverme, sino hasta minutos más tarde, luego, de no ser por la pintura, hubiese creído que todo había sido un sueño. Me tomó todo el día reponerme, no comí, pero bebí tanta agua como pude y al final me resigné a cerrar.

Ponía ya los candados de la cortina cuando escuché unos pasos acercarse, voltee, mi sorpresa fue enorme, se había acomodado el cabello y ahora enmarcaba delicadamente su rostro, se veía aun más bonita con aquella breve luz de la tarde. Sonreía.

Yo me levanté, y me acerqué tímidamente, sin saludarla, sin hablarle, solo mirándola, también sonreí.

“Demos un paseo” me ordenó. Caminamos un buen rato sin decirnos nada, hasta que sacó una cajetilla de cigarros, me ofreció uno, lo negué, ella encendió el suyo y caminamos hasta que lo terminó, para entonces habíamos llegado al arenal, una zona donde alguna vez estuvo una casa de materiales y que había dejado un gran lote baldío, desde niño que yo no me acercaba allí. Guardó la colilla de cigarro de nuevo en la cajetilla, algo dijo del ambiente y nos metimos en la oscuridad del terreno, prácticamente sólo veía su silueta. Se sentó cerca de un tronco caído y me invitó a sentarme también, lo hice, olía a ella y a cigarro.

“¿Mientes?” dijo, pero no sentí que la pregunta fuera para mi, así que no contesté, “Mentir no es agradable, sino puedes decir la verdad, mejor no digas nada” continuó y luego sin mayor preámbulo me besó, con un beso contundente, profundo, sin delicadeza, en nada de ella había delicadeza, sólo tomó, succionó mis labios en un frenético beso que no se detuvo sino hasta que los dos estuvimos desnudos y exhaustos el uno junto al otro, con la piel lastimada por la arena, ella encendió otro cigarro y volvió a quedarse muda hasta terminar. Yo busqué entre sus piernas, sentí mi semen salir de ella y eso me sumió en una profunda alegría. Ella sonreía, lo sé porque los hilitos de luz marcaban las orillas de sus labios, ella sonreía.

La cubrí con mi cuerpo porque hacía frío y después de un rato, nos levantamos y nos despedimos, ella me besó; esta vez, no sólo hubo delicadeza, sino hasta ternura.

Cuando por la mañana abrí mi negoció me sorprendí de que hubiera una cruz en la banqueta, tenía flores y la fecha del día anterior pintada debajo de un nombre, “Lurdes”, decía; según me contaron los vecinos, una chica que pasaba diario en bicicleta tuvo un accidente momentos antes del atardecer.

2 comentarios (+add yours?)

  1. Vanderlei Van deer Vart
    may 14, 2011 @ 23:40:28

    Felicidades, disfruta tu nueva etapa.
    Que seas muy feliz.

    Mi amor.

    Responder

  2. krizallidha
    may 31, 2011 @ 13:14:27

    Isaac:
    Quisiera decirte muchas cosas; pero estoy segura de que sabes perfectamente que lo único que puedo desearte, es ventura.

    Gracias.

    Responder

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